
Atardece lentamente, los semáforos controlando el paso. Él vuelve a su casa del trabajo, peregrino del cansancio y otra vez... la misma rutina, el mismo gesto poco amable en su mujer: "Hay cuentas que pagar".
Una gris melancolía se escondía detrás de la bufanda azul que ella tejió cuando el otoño se escondía... o cuando estaba en coma dos, la verdad... no lo recuerdo. Ya no sonreían ni se daban tiernos abrazos y aquella lana... aquella lana se perdió en un lagrimón.
Y así su amor se iba apagando, fue reinando este fracaso rutinario de cocina-comedor, no cicatrizan las heridas... mas aún... sangran desde su dolor.
Ya no duermen enfrentados, cada uno ahora duerme para el otro lado y al otro día en la mañana él la mira dibujada en el colchón... la misma sonrisa que una vez dio enamorada, ahora la daba soñando... sin rubor.
De repente transparente cae una lágrima, ella despertó: -"¡Dame un abrazo, nunca es tarde... que no ves que es temprano!".
"Hay una salida" -el comprende mientras besa.
Ella bendice la emoción...